Weird
Tales [v4 #4, diciembre 1924] (25¢, 192pp+, pulp, cubierta de Andrew
Brosnatch)
16 · The
Earth Girl · Carroll K. Michener · ss
28 · With
Weapons of Stone · C. M. Eddy, Jr. · ss
34 · The
Death Clinic · Otto E. A. Schmidt · ss
47 · Cave
of Murdered Men · W. Benson Dooling · vi
49 ·
Kaivalya · Mrs. Edgar Saltus · ss
58 · A
Tryst with Death · Edgar White · ss
87 · Black
Temple Band · Elwin J. Owens · ss
106 · After
· Dennis Francis Hannigan · vi
108 ·
Creeping Mist · Thomas B. Sherman · ss

116 · The
Silent Five · Anthony D. Keogh · ss

128 ·
Voodoo · Estil Critchie (Arthur J. Burks) · ss
132 · The
House of Dust [Part 2 of 2] · L. A. Borah · na
156 · Youth
· Howard R. Marsh · ss
159 · Fairy
Gossamer · Harry Harrison Kroll · ss
163 · The
Song Eternal · Galen C. Colin · ss
Habréis observado que por regla general, la ilustración de la portada se corresponde con el título de la obra mencionada en la misma. Desde la entrada anterior, el responsable de las mismas, así como de las ilustraciones interiores del magazine es Andrew Brosnatch (1896-1965). Poco se sabe de la vida de este ilustrador. Si se sabe que fue el autor de quince portadas para esta revista. Suya es la ilustración de la sección fija The Eyrie. (En una entrada posterior se amplia la vida y obra de este ilustrador). Hoy en día podemos ver esta ilustración en los estupendos recopilatorios de Weird Tales que se están publicando por los “La Hermandad del Enmascarado”. Dice Jacques Sadoul en La historia de la ciencia ficción moderna que fue Hugo Gernsback el principal impulsor del fandom. Cierto, pero ya en The Eyrie, con sus cartas, críticas y opiniones, se iban aglutinando los aficionados al género. Lo comprobaremos al final de esta entrada con las palabras de un autor que vivió el fenómeno en primera línea.
Arthur J. Burks
Aparece otro relato de Frank Belknap Long en este número. Este si está traducido. Long nos dice en la introducción a esta obra suya lo siguiente:
La venta de mi primera narración a Weird Tales tendría que haberme hecho sentir que había pasado un importante mojón en mi carrera de escritor. Pero por algún motivo no lo hizo, a pesar de lo que muchos escritores han dicho —y seguirán diciendo— sobre la importancia de cruzar el golfo que separa el trabajo no profesional de la primera aparición de uno en una revista verdadera, de amplia circulación. Siempre he sentido que solo importaba el relato y que si lo leía y les gustaba a cincuenta mil lectores en vez de trescientos… bueno, mejor aún. Pero no logré sentir una gran excitación al respecto. Me interesaba más el modo en que había sido ilustrado el relato y hasta qué punto había conseguido el artista representar a los personajes centrales o algún otro aspecto dramático destacado que tuviese una importancia suprema para mí. Ese primer cuento se llamaba «The Desert Lich» y la ilustración interior —representaba a dos jinetes con las vestiduras al viento montados a horcajadas sobre un camello, enfilando hacia una versión árabe de lo desconocido— le gustó tanto a Farnsworth Wright que la empleó una y otra vez (unas veinte apariciones en total) como apéndice de otros relatos de Weird Tales durante los próximos diez años.
«Aguas muertas» fue ilustrado de modo aún más gratificante, porque se trató de la tapa a todo color del número de diciembre de 1924. Era un excelente trabajo realista de Brosnatch, exactamente lo que yo había tenido en mente: ninguna obra maestra y ni remotamente comparable a algunas de las tapas posteriores de Finlay y Bok, pero me produjo un gran placer y no perdí un momento en llamar la atención de mis amigos hacia ella. (¡Wright me había enviado previamente un pequeño bosquejo en blanco y negro que yo mismo había coloreado!).
«Aguas muertas» comenzó como una especie de relato de aventuras de ambiente tropical. Yo no tenía la menor idea acerca de cómo se desarrollaría: solo sabía que tendría que incluir una vuelta de tuerca final bastante sobrenatural para hacerla elegible para Weird Tales: en esa época estaba influido por Kipling.
Ese relato, a diferencia de algunos de los que iba a escribir después para WT, no era lovecraftiano en su atmósfera para nada. Sencillamente coloqué a varios personajes interesantes en una pequeña embarcación centroamericana ante las costas de Honduras, incluyendo a un arqueólogo y por una especie de milagro la trama se hizo cargo de sí misma.
Cuando vendí mi primer relato a Weird Tales no había en Norteamérica ningún grupo de aficionados a la ciencia-ficción o la fantasía. La publicación de solo una revista dedicada al tipo de narración que iba a llevar más tarde a tantos jóvenes inclinados a reunirse e intercambiar puntos de vista —aunque fuese por correo— a una asociación más estrecha difícilmente podría haber conducido a la formación de tales grupos en 1924. Tampoco podría haber conducido a un interés tan difundido, por parte de escritores que producían ese tipo de narración solo de vez en cuando, como para que pudieran establecerse con rapidez vínculos de naturaleza similar entre ellos. Y eso se aplicaba también a los lectores de mayor edad, que no eran pocos pero que siempre habían tenido menos tendencia que los jóvenes a encontrarse e intercambiar puntos de vista, ya fuera localmente o por correo.
Y sin embargo, como lo ha señalado Edmond Hamilton, que apareció casi tan pronto como yo en las páginas de Weird Tales, la revista fue desde sus comienzos una especie de club.
No solo Lovecraft, sino también otros aseguraron que al menos una docena de los primeros colaboradores permanecieran en contacto estrecho o bastante estrecho, y en el curso de los años siguientes intercambié correspondencia considerable con colegas y colaboradores como August Derleth, Clark Ashton Smith, con quien había intercambiado cartas breves anteriormente, F. Hoffman Price y, en un período bastante posterior, con Henry Kuttner. Todo lo cual, desde luego, no es más que otro modo de decir que mi primera aparición en la revista fue el mayor acontecimiento en mi carrera.
De Los sabuesos de Tindalos. Frank Belknap Long. Editorial Adiax. Colección Fenix. 1981 (Ilustración del volumen en la entrega anterior)
Portada del libro Narraciones Terroríficas de Varios Autores. Editorial Molino (Argentina). Nº 3. 1939.
Por último, menciono a Arthur Tatcher que aparte de la obra
que aparece aquí, dio a luz un par de ellas más pertenecientes al subgénero de
tierras o razas perdidas. No existe nada de este autor traducido al castellano.
Si están traducidos al castellano los relatos de C. Franklin Miller, Romeo
Poole y Henry W. Whitehill. Estas obras se encuentran en los números 3 y 5 de
la colección Narraciones Terroríficas de la editorial Molino (Argentina) del
año 1939. Ver ilustraciones en el texto. La editorial Molino era española. En
esos momentos está en Argentina a consecuencia de la Guerra Civil.
Portada del libro Narraciones Terroríficas de Varios Autores. Editorial Molino (Argentina). Nº 5. 1939.