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domingo, 27 de septiembre de 2020

013. AMAZING STORIES. 1ª ETAPA (1926-1929). Vol. 2, No 01

 

Amazing Stories, abril de 1927: El primer aniversario.


Un grupo de hombres se agrupa alrededor de una mujer que está acostada y arropada en una cama. En una mesita de noche hay un elaborado aparato eléctrico, con batería, cables y un semicírculo de metal. La mujer parece estar hablando en una parte del dispositivo, sostenido sobre su boca por un hombre sentado; otro hombre sostiene una parte diferente del aparato en su propia boca mientras escribe en un bloc de notas. ¿Qué pasa? ¿Están probando un teléfono? ¿O es algún tipo de dispositivo de grabación?

Era abril de 1927, y Amazing Stories estaba celebrando su primer aniversario intrigando a sus lectores con un nuevo conjunto de maravillas científicas.

EDITORIAL

La cosa más asombrosa.

(Al estilo de Edgar Allan Poe)


Sentado en su trono, tallado de un monolítico cristal de carborundum puro, se hallaba el Supremental… al que tal vez, en otros universos, se hubiera llamado rey. Ante él se hallaba uno de sus más distinguidos exploradores, recién vuelto de una expedición a otro mundo. Su probóscide rozó la del Supramental, tras lo cual tuvo lugar esta conversación:

—Probablemente le interesará a su Alteza el saber que en nuestra visita al Tercer Planeta del Sexto Universo encontramos una raza de las más extrañas criaturas. Una exploración del planeta nos demostró que no estaban constituidas por los productos naturales de su suelo, o mejor dicho de su geología, tal como ocurre con nosotros. Por el contrario, estaban hechas en una substancia blanda y elástica. Su forma es de lo más grotesco; sus movimientos son bruscos, en una forma mecánica similar a la de algunas de nuestras máquinas. En lugar de flotar en el espacio, tal como nosotros, se mueven con una especie de saltitos. Sus cuerpos informes, si es que se les puede llamar cuerpos, están rematados por un apéndice ovoide, totalmente desproporcionado en comparación con el resto de su estructura.

—¡Asombroso! —dijo el rey.

—En este apéndice ovoide hallamos dos notables aparatos ópticos. La luz captada a través de dos lentes es enfocada a una especie de red, que está literalmente conectada por millones de finos filamentos a un sistema central de información, en el que la luz es transformada en imágenes. Un sistema muy indirecto.

—¡Extraordinario! —exclamó el Supramental.

—En el interior de sus apéndices ovoides existe como una vasta especie de central eléctrica de intercambio de datos, desde la que se gobierna toda la máquina y se le hace efectuar los distintos movimientos. En el interior de la criatura hallamos un motor extraordinario, aunque bastante tosco, que incesantemente bombea un líquido coloreado a través de una red de tubos y que pienso debe lubrificar las distintas partes de la máquina. También hay una especie de fuelle doble que purifica el líquido en forma similar a como lo hacen nuestros filtros.

—¡Impresionante! —jadeó el Rey—. No me creo ni una palabra. Pero dime, ¿qué clase de combustible usan estas máquinas?

—Ésa es otra cosa asombrosa, que seguramente exigirá demasiado de vuestra credulidad, pero que no obstante es verdadera. En vez de usar rayos de luz reconvertidos, tal como nosotros, esas criaturas pasan por el intrincado proceso de usar los más extraños combustibles, que obtienen de su flora y su fauna. Nunca usan el mismo combustible dos veces seguidas, sino que los van cambiando en forma increíble, usando una extensa variedad de ellos, lo que, a pesar de todo, no parece afectar a su maquinaria.

—¡Increíble! —gruñó el Rey—. ¿Y cómo se comunican entre sí?

—Ésa es la parte más extraña de todo —continuó el explorador—. Nos intrigó mucho, al principio, su extraño método. Usan una especie de comunicación radial, si es que se le puede llamar así. Ciertamente no se tocan con ninguna antena mientras tiene lugar la comunicación. En el centro del apéndice ovoide del que ya he hablado, se halla un gran agujero, que se abre y cierra. Cuando esos seres se comunican, el agujero se abre más o menos rápidamente, aunque no sale de él ninguna substancia ni se ve nada. Creemos que la comunicación se efectúa por algún tipo de movimiento de ondas, pero esto, al no tener ningún órgano con qué captarlas, lo descubrimos por medios electrónicos, comprobando que cuando se abre y cierra el agujero salen de él ciertas vibraciones que son ininteligibles y sin significado para nosotros cuando las convertimos en vibraciones eléctricas.

—¡Vaya! —se mofó el Rey—. ¡Menuda patraña!

—Investigando un espécimen muerto, al que abrimos, encontramos en cada lado del apéndice ovoide un orificio en cuyo interior, por increíble que parezca, se halla una réplica casi exacta de uno de nuestros instrumentos tipo teléfono, que usamos para registrar vibraciones de baja frecuencia en una banda móvil de celulosa. Tienen un diafragma, similar a los que usamos en nuestros instrumentos, y varias substancias de pequeño tamaño, parecidas al marfil, que oprimen hacia el centro. De un fino tubo espiral lleno de líquido surgen unos delgados filamentos que van hasta el centro de información, evidentemente para llevar los impulsos eléctricos, por los que se establece la comunicación entre los distintos individuos.

—¡Imposible! —gritó el Rey.

—Y, no obstante, eso no es todo —continuó, sin alterarse, el explorador—. Desde la parte alta de sus cuerpos se extienden dos palancas plegables que pueden ser dobladas hacia adelante y hacia atrás, aparentemente a sus deseos. En lugar de tener apéndices tentaculares normales tienen esas barras doblables con las que realizan sus trabajos. Al extremo de las barras se hallan cierto número de tentáculos por medio de los cuales las criaturas pueden asir los objetos a voluntad. Esto es también sumamente extraño, ya que la naturaleza podría haberlas dotado con nuestros propios aparatos de succión, en lugar de usar apéndices aprehensores, que tienen que rodear los objetos para poderlos manejar.

—¡Fabuloso! —estalló el Rey.

—Por otra parte —continuó el explorador—, parece que cada parte de su cuerpo es recorrida por conexiones eléctricas, por lo que es posible para cada una el comunicar con la central en caso de necesidad. Por ejemplo, comprobamos que cuando los tocamos en cualquier parte del cuerpo con nuestras sondas de radio, el resto de las partes demostraban una correspondencia a la parte que tocásemos. Lo mismo parecía ocurrir con el cambio en las temperaturas. Parecen capaces de distinguir el calor del frío sin usar una antena, pues no poseen ninguna. Además, esta comunicación parece proceder a una velocidad casi igual a la de la luz. Así, cuando tocábamos uno de sus apéndices tentaculares con nuestros instrumentos, era retirado inmediatamente el apéndice de palanca a cuyo extremo se hallan los tentáculos. De esto deducimos que la comunicación que tiene lugar entre el tentáculo y el centro motor debe de ser instantánea. ¡Ciertamente, se aproxima a la velocidad de la luz!

—¡Fruslerías! —bostezó el Rey—. ¿Y no flotan, como nosotros, por medio de la gravirepulsión?

—Ciertamente que no —respondió el explorador—. La gravedad específica de sus cuerpos es extremadamente alta. Están eternamente encadenados al suelo de su planeta, en cuya superficie viven. No viven en cavernas sumergidas, tal cual nuestros propios habitantes polares, sino que viven en extraños cubículos que ellos mismos fabrican. Esos cubos tienen cortados huecos en los lados para dejar pasar la luz y otras radiaciones. Las mismas criaturas nunca abandonan la superficie de su planeta excepto en toscos artilugios flotadores. Normalmente se acumulan en grandes centros, como nuestros insectos, mientras que el resto de su planeta no está poblado, sino que está cubierto por la flora.

—¡Memeces! —comentó el Rey.

—Pero lo que más interesará a Vuestra Alteza es saber que durante parte de su rotación el planeta queda sumergido en una oscuridad total. Entonces estas increíbles criaturas se desploman sobre sus partes traseras y caen en un estado de coma del que tan sólo salen cuando el planeta ha rotado lo suficiente como para salir de nuevo el sol. El porque hacen esto constituye un profundo misterio para nosotros. Parece una enorme pérdida de tiempo.

—¡Bagatelas! —rio el Rey, que estaba totalmente divertido por el increíble relato.

—Y ahora viene lo peor —continuó el explorador—. De tanto en tanto, aparentemente sin razón alguna, esas criaturas se exterminan unas a otras, por cientos de millares, mediante los más extraños artefactos. Se perforan agujeros en los cuerpos, los unos a los otros, o usan extravagantes máquinas que expulsan gases, tal como algunos de nuestros insectos; o bien se destruyen entre sí los cubículos dejando caer sobre ellos fuego explosivo. Y, a pesar de todo, cuando eso termina, parecen retornar a ser buenos amigos.

—¡Porquerías! —rugió el Más Alto—. Ciertamente, no me creo ni una palabra de toda esta estupidez. ¡Es imposible creer que la naturaleza haya podido crear unas criaturas tan inimaginables! Y, si me permites la pregunta, ¿dónde encontraste a esas cosas y a qué nombre responden?

—Su mundo —terminó el explorador—, es el llamado por ellos planeta Tierra, y las extrañas criaturas se autodenominan seres humanos.

Tanto la ilustración como el texto están tomados de la revista española Nueva Dimensión Nº 9, de 1969 donde se encontraba traducido de su idioma original. La ilustración según dice la introducción al relato es autoría de Virgil Finlay. La traducción es de Z. Álvarez. El título original del relato tal como aparece en la editorial es “The Most Amazing Thing”.

The Plague of Living Dead (La plaga de los muertos vivientes) de A. Hyatt Verrill

Si debe leer esta historia de nuestro conocido autor con incredulidad y me siento inclinado a advertirle que con la observación "imposible", tenga en cuenta lo siguiente hechos: en el Rockefeller Institute, en la ciudad de Nueva York, el famoso cirujano, el Dr. Alexis Carrel, durante los últimos quince años, ha retenido un fragmento del corazón de un pollo en un medio especial, en el que no solo se ha mantenido vivo y pulsante sino que también ha seguido creciendo, de modo que sólo necesita ser recortado de vez en cuando, para mantenerse vivo. Aquí, entonces, está la inmortalidad en el laboratorio. La historia del Sr. Verrill, por lo tanto, no es tan fantasiosa como podría parecer.


Un biólogo, el Dr. Gordon Farnham, anuncia que se ha encontrado con un método para extender la vida humana por siglos. Sus afirmaciones se encuentran con un ridículo tan generalizado que se retira a la pequeña isla de Abilone, donde puede continuar sus experimentos en paz.

Mientras intenta perfeccionar su suero, Farnham lleva a cabo un experimento en el cuerpo de un conejillo de indias muerto; para su sorpresa, el animal comienza a moverse. Ha descubierto no sólo un medio para prolongar la vida, sino un medio para levantar un organismo de entre los muertos. Además de esto, descubre que los animales inyectados con el suero se vuelven inmunes a los efectos del gas venenoso y el ahogamiento.

Cuando se da cuenta de las implicaciones de su descubrimiento, comienza a rugir "con risas verdaderamente maníacas". Pero incluso en este estado se le resisten algunos de los resultados del suero: decapita a un conejo y la criatura sobrevive, su cuerpo sigue saltando mientras su cabeza cortada también muestra signos de vida.

Entonces el volcán de la isla entra en erupción, destruyendo el laboratorio. Sin inmutarse, el Dr. Farnham toma su suero restante y lo usa en algunos de los isleños que perecieron en la erupción.

Los humanos resucitados entonces comienzan a atacar a la gente en un frenesí. Farnham inicialmente especula que todavía están en pánico por la erupción volcánica, pero luego se da cuenta de una situación más incómoda: que su suero puede restaurar el cuerpo, pero no la mente. Contrariamente a su filosofía materialista, se pregunta si estas personas resucitadas carecen de las almas de los vivos. Se ve obligado a mirar, indefenso, mientras sus creaciones indestructibles continúan atacando a los lugareños.

Un grupo de socorro y la policía llegan a la aldea después de escuchar el caos, sólo para ser expulsados por los muertos vivientes. Con Farnham actuando como asesor, las autoridades continúan sus intentos de acabar con los inmortales, pero no encuentran ningún método para destruir criaturas que pueden sobrevivir a cualquier lesión, e incluso reproducirse. Finalmente, Farnham se lanza a la idea de construir un cañón similar a Julio Verne en el volcán y lanzar a los muertos vivientes al espacio.

Hasta su título "La plaga de los muertos vivientes" tiene similitudes obvias con las películas de zombis como Night of the Living Dead que se desarrolló décadas más tarde, y les vale la pena echar un vistazo a los fans de ese género. Los cadáveres andantes imaginados por A. Hyatt Verrill tienen algunos rasgos inusuales que los diferencian de los zombis subsiguientes, en particular, su capacidad para repararse a sí mismos usando las partes del cuerpo cortadas del otro, parcheando sus heridas con cualquier pieza que quede por ahí. Al hacerlo crean seres tan horribles como una cabeza unida a dos brazos y una pierna, que corre como una araña; o un torso sin extremidades con dos cabezas adicionales que crecen de los tocones de sus brazos cortados. Aunque los seres pueden sobrevivir sin cabezas, de alguna manera encuentran cabezas deseables, y comienzan a decapitarse unos a otros para obtener cabezas adicionales para sus cuerpos.

Cualquier cineasta de terror que busque un giro inusual en el género zombi debe encontrar mucha inspiración en esta historia en gran parte olvidada.

John Jones’s Dollar de Harry Stephen Keeler

Si desea divertirse, tome un tablero de ajedrez o de damas con 64 casillas y coloque en la primera casilla un grano de trigo. En la segunda, ponga dos granos, en la tercera, cuatro granos, en la cuarta ocho granos, y así sucesivamente, hasta que haya llenado los 64 campos de grano. Por simple que parezca esta operación, pronto descubrirá, antes de llenar el campo número 64, que la cosecha de trigo de todo el mundo este año no sería suficiente para ese propósito. Asimismo, el poder del dinero acumulado es casi tremendo. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si depositara un dólar en el banco con la estipulación de que la acumulación de intereses y el interés compuesto deben pagarse a su descendiente de la décima generación? Todo es de lo más asombroso, como descubrirás leyendo esta excelente historia.